"PORQUE LO MANDA DIOS Y FRANCO..."



Sinopsis de la novela:

La acción se sitúa en los últimos años de la Guerra Civil española y primeros de la posguerra. Es la historia de la crueldad humana, del desprecio al vencido, de la injusticia, del odio y el rencor ciego y, especialmente, de la hipocresía y el cinismo de muchas gentes que abjuraron de sus ideas para sobrevivir, aunque ello llevara implícito la muerte de personas inocentes.

El autor refleja la vida de personajes reales, junto a otros ficticios, que vivieron aquel drama y marcó a varias generaciones de españoles, abriendo unas heridas tan profundas que –pese al tiempo transcurrido- se resisten a curar. La  trama argumental discurre en la retaguardia, en lo que se conoció como el Levante feliz, un término acuñado en la zona republicana para definir a determinados lugares donde no se libraron sangrientas batallas ni hubo acciones militares, aunque el azote del hambre, la incertidumbre y el sufrimiento hicieron mella en gentes inocentes que solo querían vivir en paz y superar la pesadilla. Pero la paz no trajo consigo el sosiego, sino la venganza…




(Fragmento)

“…Apenas hubo terminado la misa, que concelebraron varios sacerdotes con sus pomposos ornamentos, dio comienzo la procesión. Aquello parecía, más que un acto religioso, un desfile político a juzgar por los flamantes uniformes y boinas rojas que proliferaban como una riada de sangre, entre un mar de camisas azules y pantalones negros. Abría el desfile un grupo de niños de rostro gris y famélico, a los que vistieron como flechas de Falange. Los nuevos ropajes apenas podían disimular la extrema delgadez de sus cuerpos esqueléticos a consecuencia del hambre y las penurias de los últimos tiempos de guerra;  en cabeza de la formación habían obligado ir a Jacinto, como abanderado. Sus ojos estaban enrojecidos por la vergüenza y el llanto. Difícilmente podía olvidar que una semana antes, unos hombres vestidos con el mismo uniforme y al caer la noche, habían ido en busca de su padre para llevárselo a un lugar desconocido del que no regresaría jamás. Luego supieron que le fusilaron unas horas después en las tapias del cementerio de una villa cercana y ni siquiera la familia tuvo el consuelo de velar su cadáver y darle sepultura en su propio pueblo, junto a sus antepasados; dicen que lo enterraron, junto a otros detenidos, en una fosa común de las muchas que se abrían en un lugar apartado, dentro o fuera del camposanto y sin identificación alguna.

Formando hileras a lo largo del camino principal y obligados por la fuerza a estar presentes, se alineaban aquellos hombres y mujeres que, por su edad o condiciones físicas, no podían tomar parte en la procesión; algunos apenas podían tenerse en pie y se apoyaban en toscos bastones, otros tosían sin cesar y en sus rostros cadavéricos estaba impresa la huella de la muerte que les rondaba en forma de grave tuberculosis o severa desnutrición. Entre ellos, intentando mantener su clásica y gallarda apostura, se encontraba don Laureano. Ni siquiera su maltrecho y raído traje y la deslucida pajarita que adornaba su delgado cuello, le restaba la prestancia de viejo maestro de escuela, liberal y republicano. Su mano temblorosa, delgada como un sarmiento, asía el sombrero de paja y con la otra, de vez en cuando, mesaba nerviosamente su blanquecina barba escasamente poblada. Sus ojos también estaban enrojecidos por el hambre, el cansancio y el peso de tantas injusticias. Cuando vio a Jacinto, el mozalbete abanderado, con los ojos arrasados en lágrimas y un rictus de dolor taladrando su adolescente rostro, sintió un vuelvo en el corazón. Cómo era posible –pensó para sí- que una criatura de trece años pudiera ser tan cruelmente humillada. Contuvo su rabia a duras penas, mascullando algunas imprecaciones en silencio, y cuando el cortejo de autoridades llegó a su altura, con el prepotente Marino Barral a la cabeza, que alzaba su mirada orgullosa y desafiante sobre todos, no pudo contenerse. Sacando fuerzas de flaqueza y superando sus propios miedos, les gritó furibundo:

--¡Fascistas, hijos de puta…! ¿No habéis tenido bastante con asesinar a su padre…? ¡Malditos seáis una y mil veces…!

Se produjo un inesperado y espeso silencio y tras unos instantes de estupor e incertidumbre, cuatro fornidos matones se abalanzaron sobre él y descargaron sobre sus enjutas carnes una lluvia de patadas, golpes y culatazos de fusil que le dejaron exánime para siempre en la cuneta de aquel camino, ante la mirada atónita de todos; allí quedó tendido y agonizante, tirado como un perro para mayor escarmiento, hasta que ya cerrada la noche los sicarios volvieron a buscar el cadáver para enterrarlo en cualquier olvidada tumba. O quizá en la misma fosa común donde solían dar tierra a tantos represaliados y disidentes, en el más apartado rincón de cualquier lejano cementerio …”